Por Juan Carlos Méndez Ramírez

Baja California Sur es una tierra de milagros cotidianos. En pocas décadas, pasamos de ser un rincón de pueblos pesqueros a convertirnos en un destino turístico de clase mundial. Este logro extraordinario no es obra de la casualidad, sino de una fórmula muy particular que ha sabido combinar el esfuerzo de la gente, el empuje de la iniciativa privada y una herramienta clave que a menudo escuchamos en el debate público, pero que es vital comprender a fondo: los fideicomisos de turismo.

Para valorar su importancia en su justa dimensión, debemos hablar con un lenguaje sencillo y claro. El Fideicomiso de Turismo no se alimenta del dinero público, es decir, de los impuestos ordinarios que pagamos los sudcalifornianos. Al contrario: es un fondo especial que se nutre de un impuesto que los propios turistas pagan al hospedarse y del compromiso de los empresarios que voluntariamente se autoimpusieron esta aportación para promocionar nuestro estado ante el mundo. Además, este recurso es administrado a través de comités donde participan directamente los hoteleros y los sectores que generan el impuesto. Esto garantiza que cada peso recaudado regrese convertido en publicidad, vuelos y prestigio, atrayendo a más visitantes y derrama económica para la región.

La gran fortaleza de este modelo radica en la certeza y la confianza. En el ámbito del desarrollo, la confianza lo es todo. Un inversionista no decide destinar 200 millones de dólares para construir un hotel en nuestra tierra solo por una simpatía pasajera; lo hace porque sabe que existen reglas claras, sólidas y estables que no cambian de un plumazo cada tres años. Los fideicomisos ofrecen esa garantía de estabilidad indispensable para que la inversión no dependa del humor político del momento. Y esa inversión no se queda en el aire: se traduce directamente en infraestructura, consumo local y, de manera primordial, en el sustento y progreso de miles de familias sudcalifornianas que viven del turismo y de los empleos que genera el sector privado, sin costarle un solo peso al presupuesto público.

Hoy en día existe una discusión legítima sobre la necesidad de fiscalizar, transparentar y revisar bajo la lupa el uso de estos recursos. Es una discusión sana, pues nadie se opone a la transparencia. El gran reto para Baja California Sur no es eliminar estas herramientas, sino consolidar mecanismos donde la transparencia absoluta coexista con el respeto a la administración especializada de los comités que mejor conocen el mercado turístico mundial.

En su momento, la administración de Víctor Castro comprendió de forma pragmática que con el turismo no se juega, pues es el motor que mantiene a flote la economía del estado, permitiendo que el Fideicomiso de Turismo operara bajo estas reglas. De cara al futuro, los liderazgos que figuran para la renovacion de la silla gubernamental en 2027, tienen ante sí la oportunidad histórica de profundizar el desarrollo del estado mediante el diálogo constructivo y el fortalecimiento de la certidumbre jurídica. El crecimiento de Baja California Sur no debe entenderse como un enemigo del bienestar social, sino como su motor principal. Para sostener este crecimiento, el camino siempre será la construcción de consensos y mesas de trabajo compartido, evitando visiones unilaterales que pongan en riesgo la confianza.

Cuidar la estabilidad de los fideicomisos turísticos es proteger la casa de todos. Asegurar reglas del juego estables y fomentar la inversión es la mejor vía para garantizar que miles de hogares sigan progresando gracias al fruto de su propio trabajo en este destino de clase mundial.


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