Una sola California

Por Lic. Juan Carlos Méndez Ramírez

En 1889 el representante por el estado de California William Vandever impulsó una iniciativa para que el gobierno de los Estados Unidos adquiriera la península de Baja California, a fin de desarrollar y extender la actividad comercial en la región.

Meses antes había visitado el Puerto de Ensenada y pudo observar el potencial de esta parte de México, por los trabajos que llevaba a cabo la Compañía Internacional que se convirtió en la empresa normadora del desarrollo de la región que además contemplaba la construcción de un ferrocarril transpeninsular hasta La Paz partiendo de San Quintín, del que solamente se construyeron 25 kilómetros.

No era la primera ocasión en que personajes relacionados a la política, la milicia o bien empresarios de California, principalmente, tuvieron el interés en la Baja California para transformarla en todos los sentidos. Como una roca a la que habría que esculpir para obtener un diamante.

Desde entonces se planteó la Unión de las Californias.

Tuve el honor de ser invitado a participar en la presentación de un libro con ese nombre, que si bien es un título provocador, también profundiza sobre el futuro de la península de Baja California y el Mar de Cortés, que por cierto México aún no reclama en propiedad. El autor del libro es Cuauhtémoc Morgan, periodista de Los Cabos.

UNIDOS POR LA HISTORIA
Pero retrocedamos. La mítica denominación que forma parte de nuestro ADN social, se pudo identificar en primera instancia en el siglo XVI al Cabo California, que hoy conocemos como el Cabo San Lucas. Luego el nombre se extendió a la península, que en un principio se pensó que era una isla. Fue el establecimiento de las misiones lo que ayudó a los sacerdotes evangelizar a las tribus nativas, los «californios» y convertirlos de nómadas en sedentarios.

Desde La Paz en 1769, partieron las expediciones encabezadas por Fray Junípero Serra para el establecimiento de misiones hacia el norte, luego de que se recibieron noticias de que los rusos establecían colonias en las costas del pacífico americano. Se comenzó con el establecimiento de más misiones al norte de San Diego de Alcalá, hasta San Francisco.

La expansión llevó a identificar la costa oeste de la Nueva España como la Antigua California y Nueva California. Pero prevaleció el gentilicio para los hijos nativos de esta tierra, identificados como «californios» y que luego se trasladó con el mestizaje para quienes se vinieron a asentar y residir por siempre.

En el mapa ya aparecieron Alta California y Baja California.

En su génesis, los primeros pobladores de la península de California y lo que hoy conocemos como California estadounidense, enfrentaron toda clase de adversidades. En la parte desértica sobrevivieron a todas las limitaciones del medio ambiente y durante la etapa de poblamiento hubo muchos lances heroicos, pues quienes llegaron a residir se sometieron a un completo aislamiento del resto del conocido mundo civilizado.

Ese es el espíritu de California. Una tierra difícil de conquistar, difícil de poblar y que fue dividida por la guerra que finalizó en 1848, con el establecimiento de una frontera política.

Y aquí comienza una serie de sucesos que siempre nos han ocultado a los mexicanos y es ahí donde el autor del libro «Unión de las Californias» citando los archivos diplomáticos, nos describe uno a uno de los procesos de renta, préstamo, empeño o principios de enajenación de la Baja California a Washington.

El gobierno mexicano poco le invirtió a la península, pues colonizarla siempre fue un reto, por lo que impulsó las concesiones de tierra para su explotación minera, para agricultura o bien sus costas para la pesca.

Se fundaron las ciudades de Tijuana y Mexicali, para señalar la frontera con lo que floreció el comercio binacional. Los gobiernos inestables y el olvido de México hacia la península, fueron el origen del interés de congresistas como William Vandever, que tuvieron la intención de anexarla a California.

Pero esto siempre tuvo como dique el profundo nacionalismo de los habitantes de la California Mexicana, que resistieron filibusterismo, complots y agresiones armadas originadas en California, por quienes desearon apresurar un proceso de integración a cualquier costo, hechos que son narrados suscintamente por Cuauhtémoc Morgan en su libro.

Hoy en día se conocen mejor las riquezas de las tierras de la península, desde sus fértiles valles, sus costas y hasta las superficies desérticas que bañadas por el sol concentran la chispa que hará funcionar al mundo moderno en cuestión de energía, un sector donde hoy se hacen millonarias inversiones.

Sus habitantes originales, de las tribus nativas, desaparecieron casi en su totalidad. Pero los nuevos colonos heredaron a quienes hoy residen en la península bajacaliforniana, la gran cultura del esfuerzo, de trabajo, de sobrevivencia ante lo adverso.

¿Qué pasaría si en algún momento ambas Californias tuvieran intención de reunificarse? Morgan plantea ese escenario basado en propuestas que se han venido haciendo insistentemente desde los Estados Unidos.

Surgiría la región económica más poderosa de norteamérica con 44 millones de habitantes, de amplios recursos naturales, sistemas de producción sustentable, puertos, aeropuertos, ciudades comunicadas a grandes centros poblacionales. ¡Toda una potencia!

Las Californias están conectadas por un pasado común, un entendimiento grandioso y con una población que, al igual que en sus difíciles orígenes, sigue trabajando y muy duro, para conservar su felicidad y la de las futuras generaciones de californios.

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