Por Juan Carlos Méndez Ramírez
En un tiempo donde el fango de la desinformación busca empañar trayectorias y la ligereza de un clic suplanta el rigor, la figura del Oficial Mayor del Ayuntamiento de Los Cabos Carlos Alberto Beltrán Olmeda se posiciona no solo como un servidor público, sino como un ejemplo y pilar de trabajo incansable y compromiso social. Mientras las sombras de la calumnia intentan opacarlo, los hechos, la dedicación y un corazón genuino por la gente, resplandecen con una luz que ninguna mentira puede extinguir.
Ayer 27 de enero fuimos testigos de un ataque sin precedentes, una orquestada campaña de desprestigio que, bajo supuestas «alertas rojas» y vínculos obscuros, busca sembrar la duda sobre la integridad de Carlos Alberto Beltrán. Se han tejido narrativas sobre una «redistribución de poder» y nexos inaceptables, palabras graves y peligrosas que, sin el menor sustento, pretenden desvirtuar el camino de un joven profesionista cuya vida ha estado dedicada al servicio público. Incluso, se le ha intentado denostar con adjetivos coloquiales como «pollero», infamia que él mismo, con una sonrisa y la verdad en la mano, ha desmentido con la sencillez de quien no tiene nada que ocultar: sus únicos «pollos» son crías reales, no los fantasmas que la difamación pretende conjurar.
Pero la historia de Carlos Alberto Beltrán no se escribe en los titulares malintencionados ni en los chismes de pasillo. Se escribe en las madrugadas silenciosas de Los Cabos, donde, junto a su equipo de amigos y colaboradores, se enfunda en su overol de trabajo y asfalto para tapar los baches que el día a día deja en calles y avenidas de Los Cabos. Así es, Carlos Beltrán, conocido por muchos como «el casabaches», no descansa. Su jornada laboral no termina al caer el sol, sino que se extiende hasta que el último agujero en el pavimento es reparado, una labor que no busca reflectores, sino el bienestar directo de cada ciudadano que transita esas vías.
Este es el verdadero rostro de Carlos Alberto Beltrán: un joven que entiende que el servicio público es vocación, no pose. Es el mismo que vemos gestionando, escuchando, y tendiendo la mano a las familias más vulnerables de Los Cabos. Su liderazgo no se impone desde un escritorio, sino que se construye en el terreno, en el contacto directo con la gente, atendiendo sus necesidades y celebrando sus logros. Las imágenes y el testimonio vivo de su trabajo diario son el contrapeso irrefutable a cualquier campaña de lodo.
La pregunta fundamental que surge, en la oportuna reflexión de estos días, es: ¿creemos en el «ruido de las redes» o en lo que vemos y vivimos en la calle? La respuesta es clara y contundente para quienes hemos sido testigos de la labor del «joven maravilla» como de cariño le dice el pueblo. El tiempo y los hechos siempre pondrán a cada quien en su lugar. Porque mientras algunos se dedican a la estéril tarea de hablar y difamar, otros, como Carlos Alberto, trabajan sin cesar, demostrando que, como decimos popularmente, «chamba mata grilla».
Carlos Alberto Beltrán Olmeda es un buen cabeño, un extraordinario ser humano, servidor público de conducta intachable, que ha demostrado tener un gran corazón para ayudar. Ha sido y seguirá siendo la mano amiga para quienes más lo necesitan, el gestor incansable que transforma promesas en realidades tangibles. Es una víctima de la bajeza política, sí, pero también es un ejemplo de resiliencia y convicción.
El pueblo de Los Cabos merece líderes que trabajen, que se comprometan, que entreguen resultados y que no se arredren ante la adversidad. Y Carlos Alberto Beltrán Olmeda es, sin duda, uno de ellos. Su mensaje final es un grito de esperanza y determinación que resuena en cada acción: ¡No nos van a parar! Y la verdad es que, con su trabajo y nuestra confianza, nadie podrá.





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