En el vibrante estado de Baja California Sur, se yergue la figura teatral de Susana Zatarain, una senadora que, al parecer, ha transformado la política en una comedia de equivocaciones. Mientras señala con fervor la inactividad del gobernador Víctor Castro Cosío, uno no puede evitar preguntarse si su lente de crítica está empañado por el reflejo de su propia inacción.

La Dama de las Alturas

Zatarain, promovida por los magnates del poder turístico de Los Cabos, parece estar más familiarizada con los lujos que con las preocupaciones del ciudadano promedio. Imaginémosla, de paseo entre los pasillos de mármol de los hoteles cinco estrellas, donde se lava las manos con alcohol luego de una breve y supervisada visita a las comunidades rurales. Eso, claro, cuando se digna a bajarse de su nube, flotando siempre en una realidad paralela donde el brillo de su sonrisa supuestamente enmascara la falta de resultados genuinos.

Una «Defensora» Olvidadiza

Para muchos panistas desencantados, Zatarain ha resultado ser una actriz con poca memoria. Prometió mucho, pero entregó poco, olvidando rápidamente a aquellos que la ayudaron en su carrera política. En su mandato como Síndica Municipal, sirvió con esmero… pero no precisamente al pueblo, sino a los intereses de las élites empresariales. ¿La recuerda alguien agradeciendo a las personas reales que la elevaron al poder?

Hipocresía en los Enunciados

Cuando en su artículo -que le redactaron- de El Heraldo, Zatarain clama con retórica floreada que Baja California Sur clama por acción, la ironía es palpable. Quizás no ha mirado al espejo recientemente, o quizás su espejismo de autojustificación es tan fuerte que ignora su propio rol en la proliferación de discursos vacíos. Critica con precisión quirúrgica, olvidando que el bisturí cortante de la verdad también disecciona su postura ilusoria.

En la escena final de esta tragicomedia política, Susana Zatarain sigue aferrándose a su guion de falsa virtud. Observadores sentados en el auditorio de la realidad, a quienes no se les escapan sus inconsistencias y su hipocresía, esperan con descaro el día en que esta «actriz» del teatro político ajuste su personaje a la vida real, una vida donde el servicio a la comunidad es más que una línea de su repertorio.

Mientras tanto, la obra continúa, y los aplausos son cada vez menos estruendosos. En Baja California Sur, al igual que en toda buena historia, la verdad finalmente se impone, y la audiencia está cada vez más inquieta por la próxima escena de esta funcionaria inverosímil. ¡Corte de escena, señoría!

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